domingo, 2 de febrero de 2014

JLA: Tierra 2 (Grant Morrison y Frank Quitely)

Ya lo he dicho más de una vez pero por si acaso lo repito. Creo que Grant Morrison y Frank Quitely son uno de los mejores equipos creativos que ha dado el cómic de superhéroes. Por separado son artistas sobresalientes, pero juntos han alcanzado tal grado de conexión que resulta extraño cuando uno lee un tebeo de alguno de ellos con otro artista. Flex Mentallo, We3, All-Star Superman, New X-Men, y suma y sigue. Quitely es el dibujante perfecto para trasladar a la página los desvaríos de Morrison y es con él con quien el guionista logra plasmar de forma más certera sus ideas. Lo bueno de Morrison es que más que un guionista es un teórico del cómic de superhéroes, solo que en lugar de escribir libros -que también- introduce sus tesis dentro de los propios cómics que escribe. Sus obras siempre tienen una doble capa, por una parte el tebeo en sí, la historia de superhéroes o de lo que sea que esté contando, generalmente muy bien narrada aunque con algún que otro tropiezo que tampoco nadie es perfecto, y por otra la reflexión sobre el género que subyace en una segunda lectura algo más profunda. Morrison subvierte el propio género haciendo algunos de los mejores tebeos de superhéroes del mercado a la vez que expone a la luz sus carencias, todo ello en las mismas páginas. En JLA Tierra 2, cómic del año 2000 que ECC reedita ahora en un volumen de lujo con un buen número de extras, Morrison plantea ese trastorno ya en la misma portada cambiando el sentido al que se refiere un concepto tan imbricado en el universo DC como el de “Tierra 2”, que aquí se refiere al mundo en el que habita la JLA del presente, la de toda la vida. En JLA Tierra 2 un benévolo Lex Luthor proveniente de un mundo formado por antimateria poblado por el mal y dominado por el Sindicato el Crimen, versión malvada de la JLA, llega a nuestro mundo para pedir ayuda a la JLA en la derrota de sus enemigos. Morrison utiliza esta premisa tan de cómic de superhéroes para, por una parte enfrentar a los superhéroes a sus versiones malvadas subrayando de este modo no solo sus virtudes, lo que los hace ser lo que son, sino también y en especial sus defectos, y por otra reflexionar sobre el inmovilismo de un género que permanece estático desde su creación allá a finales de los años 30. Y todo esto, por supuesto, sin olvidar la historia que está contando.

En primer lugar la contraposición de los superhéroes contra sus versiones malvadas sirve a Morrison para poner en relieve los puntos débiles de cada personaje. En lugar de utilizar este contraste para ensalzarlos aún más de cara al lector, lo usa para que éste sea consciente de los fallos que los aquejan, los debilitan. Tras la lectura de este cómic uno tiene la sensación de creer un poquito menos que antes en los superhéroes de toda la vida, de ser más consciente de sus defectos. Así, Superwoman, la versión maligna de Wonder Woman, es una mujer lasciva que utiliza su sexualidad para enfrentarse al mundo y someter a cuantos hombres se cruzan por su camino; Johnny Quick, alter ego de Flash, es un yonqui que necesita sus dosis regular de droga para poder “ir acelerado” o Ultraman, versión de Superman en este mundo desviado, es un déspota conquistador y autoritario que todo lo ve y todo lo oye -«Si me insultan donde puedo oírlos, ya saben lo que toca. Gran hermano os vigila.»-. Incluso se permite introducir un perverso y celoso triángulo amoroso entre el Batman, el Superman y la Wonder Woman de esta realidad. Todos estos elementos que forman las características esenciales de los personajes de este mundo de antimateria no son sino las imperfecciones que siempre han subyacido en los superhéroes originales tan aparentemente perfectos física y psicológicamente que resultan imposibles de mantener.

Por otra parte Morrison utiliza este cómic para hablar del inmovilismo del género de superhéroes. Y digo hablar y no criticar porque no creo que Morrison juzgue el género con sus reflexiones, no censura nada, tan solo lo hace patente, lo saca a la luz para que sea el lector el que saque su propia opinión sobre ello. Cuando la JLA llega al mundo de antimateria le bastan 48 horas para cambiarlo y acabar con toda la corrupción, violencia y hambre que lo asolan. Es más, cuando la JLA vuelve a su tierra natal que ha sido atacada por sus alter ego malvados, reconstruyen los destrozos en apenas dos páginas. En ningún momento se duda de que con su poder esto esté dentro de sus capacidades, pero si damos esto por supuesto, la pregunta es, ¿por qué en más de 70 años de historia nunca han solucionado los males del mundo? ¿Por qué sigue habiendo hambre, guerras, corrupción, violencia en un mundo en el que existen seres con la capacidad y la ética necesarias para acabar con ello? Inmovilismo. En otro momento del tebeo los protagonistas se dan cuenta de que no pueden arreglar el mundo de antimateria, pues su naturaleza, su razón de ser, es que al contrario que en su mundo, allí el mal siempre vence. Por contraposición, en su universo, es decir en el universo de los superhéroes que todos hemos leído toda nuestra vida, el bien siempre vence. No importan los planes que conciban los villanos (o los editores ya puestos) el bien siempre va a vencer. Los superhéroes siempre van a vencer. Inmovilismo. Otro momento también destacado en este sentido es cuando Owlman, la versión malvada de Batman, llega al mundo de la JLA y ve la tumba de Thomas Wayne que en su mundo era su archienemigo. Owlman se echa al suelo desesperado y dice: «Nos la han jugado. Estamos en un sitio donde tampoco podemos ganar. Nada significa nada. No queda nadie a quien hacer daño». Cada superhéroe tiene un axioma, un elemento definitorio que lo hace ser lo que es y sin el que carecería de todo sentido. En ocasiones es un hecho acaecido en la historia del personaje, en ocasiones es un compañero o un enemigo. Thomas Wayne es la némesis de Owlman, su principio elemental, sin él, carece de sentido, no puede ganar o lo que viene a ser lo mismo, no tiene sentido como personaje, no puede continuar con sus historias. Inmovilismo.


Todo esto no son sino ejemplos de la constancia a la que está sometido el género de los superhéroes. Nada cambia porque nada puede cambiar, el género ha alcanzado tal dimensión que todo ha de seguir igual para asegurar su pervivencia, los superhéroes seguirán luchando contra los supervillanos en una sucesión infinita de batallas por la supervivencia del mundo, seguirán ganando esas batallas y los villanos seguirán amenazando el planeta una y otra vez. Lo que pase entre medias vendrá definido por la pericia de algunos creadores con la suficiente capacidad para hacer historias sugerentes y que rocen los márgenes de este marco, pero el camino ya está trazado, es un círculo sin fin del que no se puede salir porque su propia idiosincrasia así lo exige. Morrison, con todo el amor que profesa hacia el género, es consciente de ello y lo hace presente en este cómic, de hecho trastoca en cierto modo estos cimientos al hacer que la única forma que la JLA tiene de ganar la batalla es precisamente haciendo lo contrario de lo que se supone que deben hacer como personajes -«No contabas con que hiciéramos nada malo a propósito- y de este modo lograr salir del bucle en el que se ven atrapados. A pesar de esto Morrison conoce muy bien el terreno en el que se mueve y los límites que impone, y se siente cómodo confinado en ellos y por ello no propone nunca una ruptura sino que arroja luz sobre los fallos del sistema mientras sigue habitando en él desde la ventaja que le supone el mayor conocimiento y dominio del engranaje.

Es muy esclarecedora una de las últimas frases que pronuncia Batman una vez solucionada la crisis al final del cómic y que es perfectamente aplicable a la totalidad del género de superhéroes y especialmente a sus autores. Para trabajar en la industria hay que entrar en la rueda y los que intentan cambiar la rueda o cambian ellos mismos o son expulsados:

Me he dado cuenta de algo sobre los que intentan cambiar el mundo. El mundo se da la vuelta y ellos también cambian”.