sábado, 4 de enero de 2014

Beowulf (Santiago García y David Rubín)

Leer Beowulf (Astiberri, 2013) de Santiago García y David Rubín puede resultar una experiencia reveladora. Por un lado, uno experimenta desasosiego ante la perturbadora visión de los monstruos que pueblan la historia, es testigo de la valentía y del coraje del héroe, acompaña al rey Hrothgar en su desdicha ante la matanza de sus súbditos y tantas otras cosas más dignas de las mejores epopeyas. Por otra parte, si uno consigue abstraerse de la historia durante una segunda o tercera lectura, es consciente de lo revolucionario de la forma, de lo innovador que puede resultar Beowulf en tantos sentidos que hace a uno plantearse qué supondrá para la industria del cómic española el éxito de este tebeo, hace que uno se emocione por vivir en directo este momento de cambio, esta época de titanes que estamos viviendo en el cómic español y de la que este título es uno de sus más claros exponentes.

Beowulf tiene la fuerza del mito. En él resuena el eco de héroes y monstruos, del bien contra el mal, del valor y el miedo. Una historia narrada cientos de veces y que García y Rubín nos presentan de una forma directa, visceral, sin adornos ni complementos que reduzcan su potencial. Los autores hacen suyo el ansia de inmortalidad del protagonista, su deseo de trascender más allá de la muerte facturando un cómic de calidad atemporal, una historia que huye de los convencionalismos del medio para lanzarse directamente a la yugular del lector, sin remordimientos ni contemplaciones. Salvaje, violenta, desagradable, pero también heroica, optimista y singularmente brillante.


García y Rubín han llegado a un estado de simbiosis perfecta en el que el guión se esconde cuando la espectacularidad del dibujo necesita ser liberada y el dibujo se retrae dejando paso a un comedido diálogo que define a los protagonistas mejor que cualquier texto de apoyo. Juntos mediante un hábil guión y un sofisticado dibujo dominan el ritmo de las escenas y la composición de las páginas de una forma sobresaliente. Son numerosas las soluciones gráficas que sorprenden a cada página. Destacables son por poner tan solo unos ejemplos, el juego de contraposiciones que se repite durante toda la historia, entre lo que ocurre y lo que ocurrió, entre la alegría y le destrucción, entre lo que ve el lector y la mirada escarlata de los monstruos; o los arriesgadísimos planos que se atreven incluso a introducir la cámara en el interior de la boca del héroe buscando la abstracción, la incomodidad y la emoción; o la brutal elipsis al final del segundo capítulo, para mí una de las mejores páginas de toda la obra, que en tan solo dos viñetas casi idénticas que además se niegan la una a la otra, se resumen 50 años en un admirable ejercicio de contención narrativa.

Beowulf está dividido en tres capítulos de similar duración y comienzo. Los tres empiezan con una página doble de idéntica composición y varias páginas en las que el pasado y el presente se entrelazan haciendo que el primero en mayor o menor medida de lugar o influya en los sucesos del segundo. Más que tres capítulos de una misma historia, parecen tres historias de un mismo personaje, una trilogía sobre un héroe, tres arcos argumentales de una misma serie. El primero, el más luminoso, el que presenta al héroe y lo muestra en todo su esplendor, en lo mejor de su juventud y su fuerza derrotando desnudo y con la sola fuera de sus músculos a un monstruo aterrador. El segundo, más oscuro, en el que el enemigo que se creía derrotado vuelve a amenazar la tranquilidad conquistada por el héroe y éste tiene que enfundarse –esta vez sí– su armadura y partir a la aventura una vez más. El tercero, por último, la historia crepuscular, tras años retirado el héroe tiene que enfrentarse de nuevo contra sus demonios, derrotar a un monstruo del pasado y con ello a un mundo en decadencia, y dar paso a una nueva era en la que paladines como él ya no tienen cabida. Beowulf desafía así los estándares actuales presentando en un solo tomo los tres capítulos, las tres partes de una historia que podría haberse alargado durante varios años pero que García y Rubín nos presentan en una única y colosal obra vital.


Muchos se han lanzado a buscar alegorías políticas o sociales en Beowulf, pero si una cosa queda potenciada en las páginas del cómic es la fuerza del mito, la claridad de sus conceptos arquetípicos que pueden relacionarse con cualquier cosa…o con ninguna. Si algo tienen los mitos es que afectan a todos por igual, cada lector encontrará una interpretación diferente y se verá afectado de una forma distinta por su lectura. Este cómic además, no es la historia de Beowulf como se demuestra en las últimas páginas, es la visión que Santiago García y David Rubín tienen de Beowulf. No es una historia reemplazable sino el relato fruto del trabajo de dos autores con una visión y un talento característicos e irremplazables. Y como tal supone además de un tebeo sobresaliente, un salto cualitativo importante no solo en la carrera de ambos autores sino en la propia industria del cómic español. Probablemente pasará un tiempo hasta que la influencia de Beowulf sea del todo patente en el mercado pero no dudo de que estará ahí y de que probablemente ya esté ahí causando su efecto.

Más sobre Beowulf en: -- Beowulf, forma y contenido --

2 comentarios:

Adrian Machado Gonzalez dijo...

Hola. Nos ha gustado mucho tu resumen sobre Rubin y Beowulf. Somos una tienda de comics de Córdoba y tambien llevamos un blog, si te interesa unirte te dejo el enlace, tenemos articulos a la venta, realizmos entrevistas y escribimos noticias de este mundillo. Un saludo.
http://androitocomiconline.blogspot.com.es/

Doc Ender dijo...

Hola Adrián.

Gracias por tu comentario, te contesto por mail a la dirección que aparece en tu blog.

Un saludo.